El bosque de las palabras

Librada Romero Oliver, poeta de rancia tradición malagueña, nos invitó a su casa, a un puñado de amigos, para despedir el año con versos y música.
La música y los acompañamientos musicales a los poetas los puso Antonio Dobón, que con su chelo y su improvisación dio calor al encuentro, y los versos fueron leídos por la anfitriona, Librada Romero, Adolfo López, José Manuel Melguizo y un servidor.
María José Vizcaíno y Juanjo Carretero pusieron voz a los poemas del ilustre poeta malagueño, Salvador Rueda.
Un merecido homenaje al verdadero precursor del modernismo, de quien aprendió Rubén Darío.
José Manuel Melguizo Cabello, perseverante poeta de las emociones que le sirven para afrontar la vida, encuentra la inspiración en su familia. Se expresa con los versos con los que vence su innegable timidez, y con ella vencida publicó su primer poemario, Cajón de sastre. Los poemas que nos leyó pertenecen a su segundo trabajo, Mariposas en la barriga. De este poemario, vean su lectura de un poema dedicado a su padre.
Adolfo López Rueda es el poeta de lo sensual; su poesía metafórica y elegante llega colgada de versos en los tendederos del alma para aquellas sensibilidades que atesoran sonrisas y escalofríos. Después de publicar Dormir de día, este año nos dedicó el poemario Modos de olvidar, que les puedo asegurar que toca el tuétano de la sensibilidad.
La profundidad de la poesía de Librada Romero es contundente. Ningún verso escrito por ella es banal. Cada sílaba en su justa medida, cada verso en su total expresión nos conducen al alma, y a esa interrogante existencial que pinza, irremisiblemente, al ser humano, de ahí que para ella la infancia tenga un sentido superlativo, y a ella le ha dedicado dos trabajos, hasta el momento: Thelma y su divertida familia, y Pingüi, una familia de pingüinos. Sin embargo, es Desorden, su poemario más identitario; en él Librada nos anuncia la fragilidad de nuestra mente, la dependencia de nuestros actos.
Martín, el fiel perro de Librada, entre ella y Antonio Dobón, curioso por aquellos sonidos, que no entendiendo, quiso, por si acaso, que no afectaran a su dueña.
En mi turno leí poemas de mi último libro, Luna de Jerusalén, publicado por Ediciones del Genal, en la colección Cuadernos Ainhoa, que dirige Isabel Romero. Este que les leo es Ciudad del vacío.
Las fotografías y los vídeos han sido cedidos para este Bosque de las palabras por mi amiga Conchi Sigüenza, que estuvo entre los amigos invitados al acto y a la que tengo que agradecerle, no solo su asistencia y su amistad, sino que me regalara enmarcada un tesoro del año 1947, una esquela mortuoria, original, de Manuel Rodríguez Manolete, aquel genial torero del siglo pasado. Gracias.
Para finalizar este espacio de hoy, les dejo con la magistral improvisación del violonchelista Antonio Dobón.




























